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sábado, 27 de octubre de 2012

El camino de Santiago por Valeria

 
 
Os voy a presentar a Valeria, una meiga de mucho cuidado, que nos salió al paso caminando para Santiago,  prepara la queimada mientras conxura a los asistentes al acto, escribe, recita y hace unas empanadas que levitan a los santos.

Valeria nos regala el regalo del ultimo dia caminado por Euskadi mientras prepara las entradas en su blog de todos los caminos andados.

Atentos a Lume Lumiña donde podremos compartir con Valeria y sus amigos el camino de Santiago.


 

¡¡¡Que dificil es despedirse del Camino!!!
Me cuesta caminar el último día y me cuesta escribir la última crónica (de hecho aún tengo en la carpeta de borradores de mi correo la última crónica del Camino del año pasado, que fuera Astorga-Santiago de Compostela. Llegar a Santiago... siempre es mucho más intenso que cualquier otra despedida), pero este Camino me ha dejado más sensación de regalo inesperado que de pérdida, así que hasta tengo la buenísima intención de, tan pronto termine con este escrito, y aprovechando que ya he ido haciendo un hueco en los tiempos del día a día, ponerme con ese borrador, al que simplemente le pondré un final porque a estas alturas, lo no escrito en el borrador, no creo que lo retome de la memoria.

Contaba el otro día la escasa entidad del Camino de Santiago como único y exclusivo al paso por el Pais Vasco, pero no quería dejar sin reseñar el detalle de que aparte de ser una ruta más, diría que es una ruta semi-privada (no se si igual o distinto que las otras pues es la única que conozco), y es que fué una pena no tener una foto de la cara que se nos quedó cuando llegamos a la primera cerca. El Camino perfectamente indicado se apartaba de un camino que subía y nos señalaba una cerca, tal cual, cerrada y con una finca detrás, aunque se intuía perfectamente por donde ir. Vuelta atrás a comprobar las señales, vuelta adelante a mirar si había alguna torre vigía para disparar tan pronto abriésemos el cerrojo, y la cara de desconcierto tenía que ser de lo más divertido. Podían allí poner una cámara oculta que seguro que daba para un buen programa semanal. Abrimos cerca, cerramos cerca, caminamos como 500 metros y allí estaba la otra cerca, y una nueva señal del Camino, lo que nos indicaba que habíamos hecho bien. Pero al rato, otra cerca, y otra... y abre cerca, cierra cerca... abre cerca.. cierra cerca... y luego ya más en el monte, las cercas ya no eran tan robustas, eran de estas que son una maya metálica y cuatro palos, enganchados con un alambre, y entonces la cosa se complicaba: abre cerca... cuidado con la cerca, ¡¡¡¡aaaaaaalaaaa!!!! se cae la cerca... AGÁCHATE a coger la cerca (no olvidemos la joroba mochilera), intenta volver a cerrar la cerca... y ya al día siguiente: "bueno... como detrás vienen Blanca y Manolo... ya la cierran ellos!!!" (esto es una confesión en toda regla... ¡¡¡lo siento Blanca y Manolo!!!!... pero eran demasiadas cercas para la buena voluntad de un peregrino errante... y ellos venían así que les ahorrábamos lo de abrir la cerca....). Ya en la provincia de Bilbao, la cerca de monte era sustituída por un paso anti-ganado. Es una construcción como un pasillo de madera que va primero a un lado y gira 180 grados al otro, bastante estrecho de forma que las vacas o caballos no dan girado y no pueden pasar, pero las personas sí. Las personas con mochilas y las personas con un tipo no vasco (alto y delgado), pasar pasan... pero el susto y el apuro no se lo quita nadie. Ves el pasillo y el giro así de lejos te invita a la oración "señor...señor... por favor... que no quede encajonada...!!!". Muy místico y apropiado.

Al llegar a Markina nos dijo un señor al vernos tan cansados que a partir de allí el Camino se suavizaba y era mucho más fácil. Nos pareció más un guiño amable que una observación real. A la mañana siguiente, al salir hacia Gernika (la mañana que llovía, pero me olvidé de anotarlo el otro día), dejamos la carretera y cogemos un camino que subía endiabladamente, como todos los demás. A nuestra izquierda, un prado enorme y precioso con un impresionante toro bígamo. Digo bígamo porque había dos vacas y cuatro terneros, con lo que el señor toro generó algunas envidias entre los hombres del grupo, admirando a la sabia naturaleza. Incluso hicieron alguna foto. Cogimos aire para empezar con la cuesta y ¡¡¡sorpresa!!! cinco impresionantes flechas amarillas en el suelo indicaban que nos salvábamos de la cuesta. Había que torcer a la izquierda y ABRIR LA CERCA y cruzar el hermoso prado con la armoniosa familia bígama. ¡¡¡No me lo podía creer!!!. Ya estaba yo encendida y con mi "ahhh no... por ahí no paso. Primero cabra macho... ahora toro... ¿donde tendrán al tiranosaurios... en la próxima curva???". Y menos mal que venía Antonio y Antón, que si no... no pasaba. Después de un buen rato de diálogo sobre las bondades y equilibrio emocional de un toro tan feliz, y ya con la cerca abierta invitándome a pasar rapidito, que una cosa era pasar y otra llamar la atención, nuestro técnico agrónomo me aconsejo amablemente que cerrara el llamativo paraguas rojo que llevaba, no por nada, pero claro... lo rojo, mejor no exhibirlo. ¡¡¡Sin comentarios!!!. Prefería la cuesta diez veces antes que aquella llanura tan "ideal".

Nos pasó varias veces a lo largo del día. Empezaba una cuesta grande, o había un cruce con varias opciones y por "domesticación" ya íbamos derechos a la cuesta suicida, y es cierto que a partir de ese día, la opción correcta era siempre la más amable. No fácil, no nos engañemos, simplemente la más amable. Comentamos, entre risa y asombro el proceso intenso de domesticación de los primeros días y de lo maleables que son las voluntades humanas. Nuestra resistencia a la cuesta se había desmoronado de una manera asombrosa; no protestábamos y nos costaba creer que había más caminos que el más difícil, y que además, ese era el que nos tocaba en ese momento, cuando en los primeros días, cada cuesta iba precedida de tal repertorio de improperios, peroratas, discursos, maldiciones que sólo con eso ya se podría escribir un libro. Es un poco lo que pasa a veces con la vida. Te acostumbras a que todo esté mal y parece que nunca va a ser posible que las cosas vayan mejor (y cuando estan bien, no se porqué cuesta tanto verlo y disfrutarlo). Una de las cualidades que encuentro yo en el Camino es que es un buen observatorio o colocador de las cosas. Te levantas, caminas, pasan cosas, y llegas. Te pudo costar más, te pudo gustar menos, pero cada día tiene su principio y su fín, y si llegaste, pues bien, y si quedaste cinco kilómetros antes, pues también. Es una perspectiva tan básica, que no puedes evitar extrapolarla a tu vida, y entonces los problemas de a diario parece que van asentando en su justa medida, y lo malo no parece tan malo, y lo bueno, parece mejor. Es difícil de explicar, pero en lo básico está la clave de lo complicado, y muy pocas veces podemos permitirnos el lujo de ser tan básicos en nuestra vida, porque no tengo ninguna duda de que es un lujo. Hay gente que tiene vidas muy duras, muy cuesta arriba, pero a veces, quizás sólo a veces, es posible girar en lo llano, desafiar un poco a nuestros miedos y simplemente coger el camino más fácil. Esto es una inspiración del toro bígamo, lo que pudiera ser utilizado por los hombres para fines bien distintos de lo que yo intento explicar realmente, y que me queda la sensación de no ser capaz. A veces las palabras no son capaces de llegar a lo que aún no podemos entender porque solo lo rozas así como una intuición.

La etapa de Gernika a Bilbao, la última, la caminamos el domingo. La salida de Gernika pasó delante del mural de Picasso que adorna la ciudad, y con la búsqueda del árbol como cita ineludible. Imagino que todo el mundo lo sabe (yo no), pero el árbol ya murió. Sólo queda el tronco, que no vamos a ponernos con comparaciones... pero a ese árbol le quedaba mucha vida. Al tronco le han colocado en un templete circular de columnas alrededor, muy griego el templete, y muy "periquito" el pobre árbol. Un árbol tan digno se merecería algo más rústico, pero nada... no vaya a decirse aquí que hay más pelusillas. Dicen que tiene un hijo, pero pocas veces se ha sabido de hijos que hicieran honor a grandes padres, así que ni me preocupé de saber cual era de aquellos otros muchos por allí plantados. Para eso estaban los cien chinos que a las OCHO de la mañana ya habían disparado mil fotos al famoso templete y a la pobre anciana que allí al lado regaba unos geranios.

Cuanto presta dejar atrás las poblaciones!!!!. Otra etapa amable, sólo amenazada por el ruido de un cercano rally con el que nos temíamos cruzar a cada curva, una buena comida en un sitio de cuyo nombre no puedo acordarme y luego la fiesta al llegar al cartel de "Lezama", porque llegar, siempre es una alegría. Allí cojimos un tren que nos llevó a Bilbao y de allí el metro a Deusto, donde teníamos nuestro albergue. Teníamos planeada una espectacular cena de despedida, con chuletón de no se cuantos kilogramos por cabeza, y llamamos para reservar en la "Casa Vasca", que Antonio conocía de otras veces. Pero.... era domingo. Cerraba la Casa Vasca y la de todos los demás negocios del distrito. Hay en la zona como dos calles, una más de restaurantes de entidad y la otra más de pinchos, mesones y taperías. Nos fuimos a la primera y allí los locales abiertos estaban, pero como cafetería, el domingo por la noche no abren cocina (Y eso con las cartas expuestas, y las cualidades, peso y precio de los chuletones!!! Se nos caían los ojos!!!), nos recomendaron que fueramos a la calle de abajo, pues de los cinco o seis que preguntamos, ninguno daba cenas un domingo por la noche. Al llegar a la calle de abajo y preguntar en el primer mesón nos dijo amablemente que cerraba cocina... pero que fuéramos a la calle de arriba que allí seguro nos daban de cenar. ¿Cuánto tiempo llevarán sin hablar los de la calle de arriba con los de la calle de abajo???. ¿Sería por el Fairy??? ¿Sería por la cuestión de la independiencia??. El caso es que no hablan, y ninguno de TODOS los locales abría la cocina el domingo por la noche. Yo sinceramente creo que es que no procedía cena de despedida a lo grande, porque no había nada que celebrar en despedirnos, así que ya hablamos que para la próxima vez, quedaremos en Bilbao un NO DOMINGO, para celebrar una cena de reencuentro. No confío yo mucho que vayan a hablarse la calle de arriba y la de abajo con elecciones de por medio en el próximo año. Menos mal que quedaba un islote asturianu y una Mac-sidrería nos salvó la noche. Había que ir a pedir como en el Macdonals, y tenía todo a lo grande y de buen precio, pero el sitio era enorme y ruidoso y no se prestaba a comodidades ni a relajaciones. Nos fuimos a tomar unos chupitos a una terracita y allí sí ya estábamos más a nuestro aire, aunque de celebración, lo que se dice de celebración, aquello no daba el pego. Como Mariló y yo queríamos ir hasta el Guggengeim, fuese la hora que fuese, porque al día siguiente nos íbamos a las nueve de la mañana (el grupo catalán salía a las tres de la tarde y tendrían toda la mañana), y cerraba la terraza, a las doce ya teníamos la despedida finiquitada. O media finiquitada, porque se empeñaron TODOS en venir a despedirnos a la estación de Bilbao-Abando, que así se llama, porque hay dos. Según el mapa estaba bastante cerca del albergue, y salimos bastante pronto -a las ocho en punto para coger el tren a las nueve y cuarto-, pero la carrera de Lopez de Haro no quiero recordarla, solo que sepais que existió. Vuelvo al paseo nocturno, mucho más sosegado y digno de mención. Antonio nos acompañó con toda su paciencia, caballerosidad y buen hacer (y es siempre un buen hacer exquisito), así que la ría hasta parecía ría, el puente peatonal un inmenso decorado para deliciosas fotos, el paseo peatonal un exclusivo paseo reservado solo para tres, el Guggengeim parecía el Guggengeim y ya le llegaba bien (¡¡¡que impresionante es este edificio!!! Me quedaron ganas de verlo al amanecer, al atardecer, a mediodía, con nieve, con lluvia, por dentro...) y el Puente que hay al lado y es el de los Reyes o el Principe o alguien de la familia real, nos parecía el de Calatrava porque parecía que tenía una C... -de Calatrava, claro.. así de lejos!!!-. En fin... Bilbao podría no gustarme, pero me ha encantado.

Y este Camino tan regalado también, aunque en este caso no cabía la posiblidad de que fuese de otra forma.

111 Km (puede que 110 o 120, pues al final vas y vienes y la guía pone una cosa y los letreros otra, pero me pareció que 111 quedaba perfecto), mi Mariló a mi lado, los ad/ñorados compañeros de viaje y los nuevos caminantes ya tatuados en nuestra alma paso a paso (a partir de ahora ad/ñorados también), las historias y la posibilidad de contarlas, la ocasión de vivir esta experiencia.... Todo es una buena disculpa para que cuando me pregunten ¿y tu porque siempre estás tan contenta?? me encoja de hombros y diga sin más: ¡¡¡porque síííí!!!. Y es que tengo en la mochila felicidad al menos para un año.