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jueves, 12 de febrero de 2015

En homenaje a Eduardo .




Algunas veces leemos libros llenos de prosa nos introducimos en ellos sin conocer al protagonista. No sabemos en qué lugar se desarrolla la historia pero nos dejamos llevar por la magia de lo escrito. Tal es la historia del Principito, un ser inocente que llego a nuestro planeta procedente de mas allá del universo en un pequeño  asteroide, aterrizó en un desierto pero aun así lo lleno de rosas y baobás para hacernos saber que también hay vida en los pequeños mundos individuales de seres que discretamente nos acompañan descubriendo en si vida todos los personajes que se describen en la obra de Antonie de Saint-Exupéry.

Así ha sido mi sobrino del que me despido con estas letras: Conoció en su corta vida los desagradables personajes de esa historia posiblemente se sintió rechazado e incomprendido muchas veces porque no era capaz de comprender un mundo que aparentemente  tan revuelto, no era el suyo, no pudo sembrar un árbol de baobá ni tampoco escribir un libro, pero si supo mirar el mar y amarlo hasta el punto de pedirnos que sus cenizas volaran como una gaviota antes de entregarse en las olas para ser un pez mas.

Discurrí por el pasillo sin apenas luz, el pomo de la puerta reflejando cualquier lámpara parecía una estrella. Al entrar en la habitación en penumbra las sombras eran cálidas y en esa quietud mansa y ordenada descansaba Eduardo mi sobrino parecía dormido su rostro sereno daba una extraña bienvenida cuando en realidad se acababa de marchar.

 Es un privilegio saber ver el color en las sobras solo perteneciente a los pintores y a los ciegos. Pude ver además de su rostro sereno casi sonriente un pequeño asteroide, el asteroide B612 donde ahora se dirige Eduardo tras su estancia en nuestro planeta muchas veces un desierto.

Para él mis letras y mi recuerdo, también mi obra un árbol de la riera de Sant Pol de Mar, recio como era el y lleno de color como seguramente son los arboles de su querido asteroide.

Esteban.